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CRÓNICA SAÍDA 183

San Andrés de Teixido – Cariño (A Coruña) 19, 20, 21 y 22/03/2015.

 Llegamos al hotel sin ningún percance. No fuimos los únicos que picamos. Al intentar entrar, la puerta estaba cerrada y si llamabas no contestaba nadie, con razón. El hotel es un “multinegocio”, en el primer piso está el alojamiento y en el bajo una floristería-tanatorio. Consejo: si estás vivo, debes entrar por la puerta de la derecha y registrarte en una máquina del demonio. Si no lo estás, mejor ve acompañado para no liarte. ¡Ah! si os sale agua fría en la ducha, es una sensación térmica, pero está caliente.

 Viernes, día 20,  Cariño - San Andrés de Teixido.
 A las ocho estábamos desayunando en el mini comedor. Dejamos algún coche en San Andrés y regresamos al puerto de Cariño, punto de salida.
 Conseguimos poner las mochilas a punto a las diez y media. Atravesamos la calle y subimos hacia el cementerio (esto va del más allá). Mientras pasábamos por un lateral, me pareció ver a alguno santiguarse. No era para menos. A partir de aquí, el Cantábrico a la derecha y un viento cabrón soplando todo el puñetero día. Tanto es así, que los árboles crecen inclinados a favor del viento.
 El primer punto fue una pequeña capilla donde un tal Xiao, aficionado a la caza, un buen día, al regresar a casa y encontrar dos bultos en la cama, les pegó dos tiros creyendo que era su mujer quitándose el frío sin haberle esperado. Al ser informado de que se trataba de sus padres, se quedó patidifuso. Como en aquel entonces la justicia se repartía en dos pastillas, la blanca de hacerse santo y la azul de la perdición, él se tomó la blanca y decidió construir la capilla.
 Desde la capilla, hay que pelearse con el viento y el asfalto hasta un el faro del Cabo de Ortegal. ¡Qué fácil es bajar a favor del viento, pero subir…! La zona está tan escarpada, que la llaman Punta dos Aguillóns (vara de madera con un pincho de hierro con la que se azuzaban a los animales de tiro cuando se hacían los remolones).
 Luego tomamos una cuesta “pequecha” de asfalto, que nos llevó a las alturas del Monte Faroleiro, desde dónde se divisaba el pueblo a vista de pájaro y toda la inmensidad del mar. 
Después de varios kilómetros, camino del Mirador de Miranda, en un despiste del viento, decidimos posarnos y comer. Miranda tenía un mirador en forma de casita de piedras desde el que se divisaban los montes, manadas de vacas y caballos.
 Luego le toca al Mirador dos Carrís y desde aquí a Teixido, pero por “A costa Grande” donde un congostreño posó como una modelo sobre un banco de madera en un pequeñito bosque. Una cabeza de caballo blanco estaba esperando en San Andrés para cobrar billete (manzana, zanahoria…). En un despiste del grupo, nos encontramos al guía comentando el feísmo con un arquitecto del lugar…
 Como hay que ir a recoger los coches que quedaron en Cariño no se degustaron las cañas de costumbre, por lo que alguno tuvo incidencia en el recorrido de regreso. Se solucionó en un taller de Cedeira (bar o Galo) con unas piezas redondeadas de barro caliente con un contenido que llaman cachola, lubricadas con unas 1906.
 La cena fue a pie de playa y con viento, en el café-bar A Saiña. En la terraza cubierta, compartiendo local con unos salerosos perritos que lucían unos vistosos chalecos. Mientras, el salón esperaba clientela. No volvimos.

 Sábado, día 21 Cedeira- San Andrés de Teixido.
Salimos del Asador el Rescoldo, a tres kilómetros de Cedeira. En esta ocasión se nos incorporan dos tragamillas nuevos, que viene de refuerzo al saber que el guía anda un poco tocado. A veces pensabamos que si su cuerpo no estaría bajo los influjos del lugar, y que la Santa Compaña le habría robado el alma. Eso si, aguanta con mucho estoicismo la ruta, otros en su situación habrían tirado la toalla.
 Bajamos por una pista asfaltada en dirección al mar. Antes de llegar seguimos un sendero que nos deleitó con extensos cultivos de estilosos eucaliptos. El sendero transcurre a orillas de unos acantilados que inspira tanta belleza como precaución. 
Tropezamos con el Faro de Cedeira en un saliente. Desde él adentrándonos por un bosque y llegamos a la Playa de la Madalena en Cedeira. Como íbamos bien de tiempo y el viento se metía en los huesos, tuvimos que hacer una parada técnica y calentar con unos cafelicos.
 Luego, bordeando la ría y contemplando las casetas de la cofradía, fuimos a parar al Castillo de la Concepción en Cedeira. Aquí nos esperaban los calurosos que no cafetearon. Estaba cerrado con candado, así que seguimos por el sendero empedrado y varios pasillos entre eucaliptos hasta una capillita en lo alto desde dónde se contemplaba la Ría de Cedeira. Aquí se hizo una foto de grupo aprovechando el soporte de un cruceiro.
 Salimos hacia el Faro de Punta Candieira. Cuando faltaban poco más de cuatro kilómetros para llegar al faro, nos sentamos en el camino y tomamos los bocatas.
 El frío espabiló la cosa. Más “costas pequechas”, más eucaliptos y más acantilado. En uno de ellos, nos contaron una vivencia: En aquel lugar, en tiempos de la dictadura, se fusilaban a los que no eran afines, y se arrojaban sus cuerpos al mar, desde el acantilado. Una lugareña, ya anciana, iba desde pequeña al lugar cada cierto tiempo, donde habían fusilado a su padre. También había habilitado un pequeño asiento, para descansar mientras permanecía allí. Había plantado también una flores, como si tal cementerio fuese, para honrar su memoria. Unos vándalos que pasaron por el lugar, hace unos años, destrozaron las flores y el asiento, que ocasionaron a la señora tal disgusto que tuvo que ser ingresada en el hospital. . Este suceso fue publicado en los periódicos atribuyendo los hechos a unos senderistas que habían pasado aquellos días por el lugar, pero ellos no fueron, pues quien nos cuenta esto iba en aquel grupo y nada tocaron. 
El sendero sobre acantilados, nos llevó al mirador de Chao do Monte a cien metros del Bosque Petrificado, desde aquí, bajando por “A Costa Pequena” En ella algunos intentaron acertar a una concha que colgaba sobre una cruz, consiguiendo con el intento, acrecentar la gran montaña de piedras fallidas que hay al pie de la cruz. 
Vuelve a recibirnos la Cabeza de caballo blanco esperando para cobrar peaje. En un pequeño bar dónde no cabíamos todos, tomamos la cervecita antes de pirarnos. De camino, recogimos los coches que habíamos dejado en la salida.
El guía que ha aguantado como un jabato tiene que abandonar, el esfuerzo en tal situación le ha pasado factura y  necesita  que le lleven al médico, al día de hoy está totalmente recuperado.
 Esta vez, la cena es en El Gitano, también cerca de la playa. Patatas aderezadas con chipirones, raxo, huevos… ¡ y mucho más barato que el día anterior y sin pasar frío !!!!

 Domingo 22, Fragas do Eume.
 Por recomendaciones de la casera, nos fuimos a ver el Faro de Punta Frouxeira, un adefesio de faro de cinco plantas. Los alrededores eran unos acantilados que despejaban la frente y abrían los ojos. (efecto quizás del viento). La edificación se asentaba sobre un entramado de túneles. En algún tiempo habría sido un lugar defensivo. Ahora está abandonado y descuidado. Si visitáis los túneles, hacerlo con precaución, habita allí un alma que mete sustos.
Sobre las diez menos cuarto, estábamos en la entrada a la Fraga del Eume. En esta ocasión somos 18.
 Salimos cruzando un puente colgado sobre el río Eume, todos lanzados sin fijarnos que a la entrada del mismo indica que no deben de pasar mas de 10 personas a la vez, menos mal que alguien  intuye el peligro y avisa de que pasen dejando espacio entre unos y otros.
 Seguimos toda la margen izquierda hasta el Monasterio de Caaveiro. En un tramo del camino, tuvimos que cruzar un riachuelo. Había dos posibilidades: Saltar sobre las piedras más salientes y mojar las botas o subirse a un árbol caído y arriesgar el tipo desde la altura de un metro. Hubo para todos.
 Unos caminantes que venían en sentido contrario ayudaron a vadear el río. Eran dos voluntariosos y un fondón. Como pago a su generosidad, dos congostreños les correspondieron para que cruzasen ellos. El congostreño más activo se puso a fijar una piedra inestable utilizada como apoyo. Después de varios intentos consiguió dejarla peor de lo que estaba. El otro congostreño, ofreció su mano para dar estabilidad al fondón. Estaba el congostreño en una postura comprometida, apoyado sobre una pierna, una mano sujeta por el fondón que tiraban de él y la otra pierna y brazo levantados intentando equilibrarse. Gritaba “bajito”, tienes que ir soltándome, que me tiras. Además de fondón debía ser duro de oído y no arreaba. Un pequeño tirón libró al congostreño del desastre.
 En el puente de confluencia del Río Eume y el Río Sesín nos tomamos un descansito, justo antes de visitar el Monasterio de Caaveiro. Cincuenta pasos de piedra nos llevaron al monasterio. Una pequeña cuestecita a la taberna.
 Descendimos por un sendero empedrado por un amante del tetris que nos llevó a las centrales eléctricas, la nueva y la vieja. En esta última, cuando eran las dos y diez, alguien sugirió si se comía… Fue imposible, comenzó a caer un chaparrón, con rayos y truenos (…” sólo piensas en comer, parece que nunca te sacaron de casa “, sonaban los truenos). Fue en lo alto de la colina, después de media hora de subida en zigzag cuando pudimos tomar algo. Ya había escampado y no había viento. Unos comen, otros visitan el mirador. Gran decepción de mirador, ni un bar en los alrededores. Lo compensaba unas vistas del valle que solo las tienen los pájaros y los arriesgados.
 De regreso, pasamos por el Concello de A Capela. Alternamos bellos senderos y un poco de asfalto, para llegar nuevamente al bar de Caaveiro. Desde aquí nos desperdigamos. Unos se quedan refrescándose y otros aceleran el paso para descansar en los coches. Sobre las cinco y media cruzamos nuevamente el puente colgante. 
Esta vez de regreso. Se hizo un intento de reponer fuerzas en grupo, pero unos tenían más prisa que otros, así que la cosa se repuso con los típicos besitos…

 Desde aquí… cada mochuelo a su olivo. ¡Hasta la próxima! Abur…

CRÓNICA PATEADA 182




Mosteiro de Carboeiro – Fervenza do Toxa (Silleda) 07/03/2015


En hora y media, nos pusimos en el Área recreativa A Carixa. Allí nos esperaban los componentes de las franquicias de Pontevedra y Santiago. Después de tantos días de lluvia y humedad, el calor del sol hizo salir pateantes como los hongos, veintiocho, sin contar a Covi (el perro de Chelo ) y a  Lorenzo .

Sobre las once ya estábamos en faena, pasamos por delante del Restaurante Refuxio, donde tomaríamos las cañas de relax. A pocos metros, en un cruceiro, torcemos a la izquierda. Este caminito nos lleva a cruzar el Río Deza por un esbelto puente de hierro de gran altura. Alguno esperó a que pasasen los más fornidos para verificar la resistencia del puente.

Seguimos por el margen derecho del río, disfrutando de un sendero agreste de piedras revestidas de musgo. De pronto, y sin previo aviso, nos topamos con un mirador desde el que se observaba una catarata de más de setenta metros en pleno esplendor. En algún punto habíamos cambiado de río y no lo vimos. Estábamos bajo la Catarata del Río Toxa, afluente del Deza.

Habitualmente este paraje está cargado de humedad impregnada en el aire. No era el caso del primer día de sol de la primavera. La vista era espléndida y se realizaron las fotos obligadas para dar fe de nuestra presencia.

Seguimos ascendiendo por el bosque de la catarata del rio Toxa para llegar al mirador en formato de tarta nupcial de tres pisos. Desde él se tiene una perspectiva de la catarata desde una altura superior al río. Una vez contemplado, descendimos unas escaleras para hacer un rodeo por una acequia rebosante hasta el punto inicial de la cuesta.
 
Una carretera sin arcén, más larga de lo deseable, nos lleva a Pazos. En un sendero de monte autóctono, aprovechando un vacío legal que había dejado el TomTom mientras se calibraba, pelamos los plátanos y murmurábamos con la boca llena: Hmm, hmm…

Con la pila cargada de potasio, nos dirigimos a la iglesia de Martixe, pero no había nada que destacar, una de tantas iglesias con enterramientos en sus jardines.

La gusa ya atacaba, y se fraguaba un motín, el olor a pueblo abría el apetito y se buscaba un lugar confortable, pero, como acababan de perfumar los alrededores, se notaba un poco cargado de “vacachanel” número cinco. Como el  perfume debe ser una fragancia poco cargada se decide alejarse un poco.

En el recinto de festejos de Breixa, se decide comer. Reunía todos los requisitos, salvo la cerveza: sombra, espacio y buenos asientos. Unos en los bancos del Centro Cultural, otros en el palco de festejos y algún descolgado al sol del mini parque de recuperación de mayores.

Más de media hora nos llevó deshacernos del peso. Como no teníamos pelota (en singular), ni ánimos para jugar, volvimos al camino. Con una combinación de carretera asfaltada, camino alfombrado de hojas secas y prados de hierba corta, fuimos a parar al Monasterio de Carboeiro. Fundado por los condes de Deza en el siglo X. Su iglesia de dos siglos más tarde.

Si quieres visitar el museo, lo puedes hacer gratis. Su vigilancia está a cargo de unos maniquís vestidos de lugareños. Dicen que vigilan igual y no protestan. Hay varios repartidos por la estancia, supongo que cada uno custodia un lugar asignado. Su actitud es abierta, pues están en un estado permanente de inicio de abrazo.

Si quieres visitar la iglesia, has de colaborar al mantenimiento con setenta céntimos de nada. Hay que entrar con rebequita, pues la estancia es fresca. No recomendable para alérgicos a los ácaros, ya que el servicio de limpieza se ha tomados unos días de descanso. El mobiliario está pedido. A las torres solo se puede acceder si no estás fondón y si no te mareas al dar vueltas por la escalera de caracol.

Como éramos un grupo amplio, nos apañamos con un dosier y una voluntaria que leyese en alto. El eco no ayudaba. En poco menos de una hora, no quedó piedra sin identificar.

Desde el monasterio existe un camino romano que desemboca directamente con Paradela después de pasar por un puente romano. Desde Paradela al Área Recreativa queda un tiro de piedra.

Una vez en la meta, una congostreña pregunta dónde están las bases para inscribirse en el club de las gafas perdidas…

Dejamos las mochilas en los coches y nos desplazamos a pie para refrescar el gaznate. Un lugareño corto de vista, nos confunde con chorizos y monta una hoguera humeante que impregna de niebla la terraza. Para los pinchos, nos proporcionaban un único palillo para que nos fuésemos pasando y pinchando unos a otros….


Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.
¡Hasta la próxima! Abur…