COLLAGE FOTOGRÁFICO

CRÓNICA PATEADA 177



Castelo da Furna (Valença do Minho) 15/11/2014


La lluvia en Portugal, es un amor, te recibe cuando llegas, te acompaña por el camino y te despide cuando te vas.
Salimos diez aventurer@s de los caminos a las diez en punto de Taião de Cima. Los coches los dejamos a la entrada del pueblo, delante de una casita sede de un centro social. Los paraguas sobre nuestras cabezas.
Tomamos un sendero empedrado que nos llevó a través del pueblo hasta la iglesia parroquial, que por cierto está muy bien conservada. De ahí partimos hacia el castillo, pero antes nos adentramos en un sendero lleno de hierba mojada para ver cómo iba la vendimia. Estaba perfecta, no quedaba ni un racimo.
El segundo sendero, nos lleva al Alto de Teares y luego al Picoto, pero los portugueses, más preocupados de sus vacas que del turismo, plantaron en los bordes del sendero unos tojos de alambre que no cedían ni con los palos. Costó, pero pasamos.
Para dar un poco más de picante, tomamos el sendero que iba paralelo al fijado en el mapa, subimos una cuesta, de piedrecitas resbaladizas y barro que hizo separar al grupo. Unos caballitos relinchones nos recibieron desde las alturas.
Como no entiendo bien el relincho del caballo portugués, no puedo asegurarlo, pero la traducción debe ser “Vivan los novios”, porque a los pocos minutos del relincho, un fotógrafo portugués con una cámara vieja con polvo de magnesio, nos pegó un fogonazo de luz en la cara por lo menos tres veces. La cámara en vez de clic, hacia un estruendo bruumm, y como hay crisis, en vez de arroz, nos llenaron de granizo.
Al no venir vestidos para tal evento, dimos la vuelta para cambiarnos, pero cuando estábamos ya en el pie de la colina, el fotógrafo se piró, así que volvimos con el mismo atuendo. 

Como el susto hace hambre, nos paramos a los pies de unos troncos deteriorados por el agua y el tiempo. Todos tenían su plátano preparado. Se designó a uno como lanzador de la cáscara que no lo hacía mal. Agudizados por la lluvia, tardamos poco, seguimos sendero hasta un montón de piedras gigantescas, que resultó ser el castillo (Castelo das Furnas - Boivão a 622 metros de altitud).
Historia: El castillo ofrece una de las panorámicas más privilegiadas del Valle del Miño. Compuesto por un imponente aglomerado granítico, habitado desde tiempos remotos, este entorno sirvió para la construcción del baluarte "roqueiro" medieval que se conoce por haber acogido el antiguo juzgado de Froião. De la que fue fortaleza natural inexpugnable quedan las marcas de las vigas en las rocas y algunos pasos de escalera tallados en la piedra. 

El alcance visual desde A Furna, que se extiende más allá de la frontera, es impresionante. En el entorno el agua y el viento fueron excavando un paisaje singular de piedras ciclópeas con caprichosas formas en uno de los mayores conjuntos graníticos del país.
En las murallas naturales del castillo, se decretó tiempo libre, así que cada uno visitó los recovecos que más le llamaron la atención. Había mesas de piedra que tentaron a despachar los bocadillos. ¡Comemos! Alguien dijo ilusionado, pero era la una y no había quórum.  

Rodeamos el castillo por el exterior en busca del foso. Bajamos, bajamos y bajamos, pero el foso no aparecía. No teníamos colmena, pero sí tres avispados que se distanciaban camino abajo. Fue inútil, el guía dice que nos alejamos demasiado y había que desandar lo andado. El foso para otra ocasión. 
Subimos, subimos y subimos. Volvemos a entrar en el recinto del castillo. ¡Comemos! Alguien dijo ilusionado. Ya eran las dos y la gusa apretaba. Nos dirigimos al púlpito natural, allí abrigados del viento y la lluvia, dimos cuenta de los bocatas.

El regreso fue menos accidentado para casi tod@s. En Melim volvimos a hacer una supervisión de la vendimia y de paso unas degustaciones de manzanas silvestres, para ello tuvimos que desviarnos por unas fincas adivinando el camino. También hicimos una bajada a las cercanías de una cantera abandonada para ver… no me acuerdo qué y volvimos a subir.

Después del misterio, tuvimos que cruzar un regato. Todos lo hicimos, pero una congostreña ensimismada con sus pensamientos, al dar el paso que llevaba de la piedra de un extremo del regato a la siguiente del otro extremo, se quedó  con un pie en cada piedra sin resolver la situación. Después de unos instantes, pierde el equilibrio. Lo fue a encontrar de espaldas sobre su mochila en medio del regato, pateando con pies y manos cargadas de cosas. Como lo haría una tortuga boca abajo.
 
Las cañas las intentamos en Valença, en la pastelería Lua de Mel, pero fue imposible, es como un avispero. Tuvimos que conformarnos con otra pastelería más tranquila,  llamada Lepanto, un poco más abajo. La cerveza sabe igual, y los pasteles eran también dulces ….


Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.
¡Hasta la próxima! Abur…

CRÓNICA PATEADA 176





O Courel 31/10, 1 y  2/11

Día 31:
 Llegamos casi sin luz al pueblecito de Paderne, en la ladera de la montaña, justo debajo de la carretera. El camino es estrechito y los vecinos entran con los coches. Los foráneos, se miden más. Entran una sola vez…

Cada uno llegó a la hora que pudo, por lo que se retrasó la hora de reparto del alojamiento. Mientras se esperaba por los últimos, nos desplazamos a Seoane para cenar algo en el Bar Pombo y negociar el desayuno del día siguiente.

De regreso, descubrimos por qué los corzos tienen el trasero de color blanco: Un joven ejemplar saltó a la carretera y con la luz sobre su trasero bien visible, retó al conductor a sobrepasarlo durante varios kilómetros.

Como aún no llevaban los tardones, se quedó un grupo en el balcón de la casa Rodrigo para indicarles el camino. Comenzaba a llover y era de noche. El aburrimiento hizo que cada uno se entretuviese con lo que podía: una movía una pierna sentada en el banco y la luz del farol externo se apagaba y encendía. ¡Huy, que creo que soy yo con la pierna!, dice la propietaria de la pierna en movimiento.  ¡Qué vas a ser tú! dice un compañero de pie mientras se desplazaba por el balcón. ¿No ves que no llegas con la pierna, soy yo, fíjate: se desplaza hacia delante y atrás y la luz se apaga y se enciende. Claro, dice un tercero, tiene el sensor de movimiento justo encima de la puerta, que sobresale y se ve perfectamente.

En medio de la discusión, sale una de las moradoras de la casa y pregunta ¿Sabéis si se apaga y enciende esa luz? Es que estoy haciendo pruebas con el interruptor y desde dentro no sé cuándo se apaga. Saltan unas carcajadas del grupo sin que la pobre moradora sepa de qué va.

Por fin llegan las tardonas pasadas las once de la noche. Traen su propia rutina.



Día 1
Unos desayunan calentitos y otros a la aventura. Se junta el grueso del grupo en Seoane y se encamina hacia la salida del pateo en Ferreirós de Abaixo.
Nos acompañaban en esta ocasión dos representantes de los mares gallegos,  nuevos por estas tierras montañosas del Caurel y fuera de su hábitat natural, un  "Centollo correcaminos  da costa da Morte "  y " una  Necoriña audaz da Ría de Vilagarcia", y que se adaptaron perfectamente a este nuevo entorno,  no sin antes pasar su prueba de fuego,  al comienzo de la ruta  y  en frío, el Penaboa.
 

Aun no daban las nueve y media cuando dieciocho entusiastas caminaban colina arriba bajo la lluvia. 
  Apenas habían transcurrido quince minutos y un mal presagio cruzaba el camino: durante la noche anterior, un animal glotón había tirado al camino un panal de abejas… con el recuerdo sin curar bajo la piel, alguno casi se negaba a pasar. Pero la lluvia había calmado el fuero interno y estaban pacíficas. Pasamos sin percances.

En Ferreirós de Arriba  nos dividimos: diez  aventureros por el recorrido más corto y vertical y ocho por el más largo y tortuoso. La adrenalina estaba en un roscón del desayuno y la gente se envalentonó. Con la digestión, cambiaron un poco de idea, pero tenían la camiseta de subir, y por no cambiarla, tiraron para arriba. 

Gran decepción de pateada: estaba anunciada con un comienzo de gran pendiente, pero no vimos ni un collar, ni una pulsera y mucho menos ese gran pendiente.
 Lo que sí que vimos en una cima que no llegaba nunca. Ni siquiera oíamos “piar o páxaro”. Teníamos que tomarnos una ración de oxígeno extra cada cien metros, porque nuestro cuerpo quemaba demasiado rápido el que teníamos. Poco más de hora y media subiendo y subiendo.

Hubo algún trecho donde un congostreño sacó una cuerda. ¡Para jugar a la comba estamos ahora, pensaban algunas! Como no quisieron jugar, se limitaron a utilizarla para sugestionar al personal. Podrían usarla como impulso o como elemento de flagelación, quedaba a gusto de cada un@. En algún estrecho camino, ni la cuerda sugestionaba. Hubo un intento de cambiarse la camiseta de subir por la de bajar.

Por fin llegamos a un balconcito llamado mirador de Penaboa, donde supuestamente nos encontraríamos con los ocho restantes que decidieron hacer el camino más cómodo. Esperamos un rato corto, el vientecito nos invitaba a largarnos y le hicimos caso.

 Una congostreña pregunta ¿Hay que seguir subiendo? ¿Por qué, estás cansada? Le pregunta el guía. Es que tengo que cambiar la camiseta en función de lo que quede. Fue entonces cuando supimos que algunos senderistas tienen una camiseta para subir y otra para bajar.

 Como el guía había prometido que a partir de aquí era todo bajada, nos pusimos la camiseta de bajar. Craso error. Las bajadas tenían la inclinación al revés. ¡Puf, cómo cuesta subir con la camiseta de bajar! Hicimos lo que pudimos dadas las condiciones, pero conseguimos terminar el recorrido a pesar del condicionante de la camiseta.

El frío viento arregló el mal entendido: Los guías habían pactado encontrarse en el mirador, según uno, y en un stop pintado en el suelo, en una cota superior,  según otro.  Como parados no se estaba a gustito, salimos al encuentro del otro grupo. Estaban efectivamente en el stop. Se consensua el lugar a toro pasado y continuamos con el grueso del pelotón en dirección a  Cruz de Otero para llegar a una laguna de tipo glaciar a mil cuatrocientos veinte metros de altura, medidos uno a uno: “A Lagoa da Lucenza”. Incluso las que tenían deficiencia de oxígeno en la subida, se atrevieron a bajar a la charca glaciar. A la subida vimos como la escasez de oxígeno hace que alguno no coordine sus sentidos. Nos pareció ver a los que esperaban, cómo se marcaban una coreografía de baile coordinado  de bachata, con su monitor dando instrucciones.

Recuperados de las alucinaciones, volvemos a bajar invirtiendo la pendiente. Unos cientos de metros más de desnivel encontramos el monte Formigueiros escondido bajo unas losetas de pizarra. Menos mal que le habían puesto un letrero artesano sujeto con las piedras, donde ponía: FORMIGUEIROS 1630m. Este detalle ayuda mucho. Nos hicimos una foto para dar envidias en el curro.

Nos dirigimos a “Fonte do Cervo”, que como todos sabéis, tiene dos vertientes: por un cuerno sale agua caliza y por el otro ferruginosa . Para ello tuvimos que cruzar la Devesa da Rogueira. Devesa es como llaman en la zona a los bosques de tipo atlántico orientados al norte. Teníamos tantos sentidos en tensión, que ni siquiera recuerdo haber comido. Mucho menos qué.

Habíamos quedado a las cinco, con un tal Polín, para que nos mostrase su mirador. Llegamos puntuales, pero seguro que por el frio, Polín ya se había ido, pero nosotros utilizamos su Mirador. Preciosas vistas de gran parte del valle, incluida toda la ladera de la Devesa.

A partir de aquí, se relaja el grupo, se camina por inercia y las distancias se acrecientan. El sendero se divisa en descenso, y que descenso, ni con dos camisetas de bajar se hacía relajadamente. Todo lo que habíamos subido se concentraba ahora en pocos kilómetros de bajada.

Después de llover toda la mañana, sele el sol como todo buen político, para hacerse la foto final.

Paramos en Seoane, el bar Rafael celebraba el magosto y obsequiaba castañas con la bebida. Las castañas con vino… ¡Cómo entran! Acudieron como moscas todos los grupos de senderismo que se encontraban por la zona.

La cena era confortable. De primero caldito de berza y patatas. Estaba caliente. El segundo había sido pactado: jabalí con castañas, y eso sirvieron. Estaba muy rico, tanto que sólo quedó la salsa y algunas castañas. No era que las castañas no estuviesen ricas, más bien era miedo al acompañante. Que se compartía habitación y hacía frio para dejan la ventana abierta.



Día 2: La estrategia del desayuno era la misma. Volvimos a quedar en Seoane, pero cambiamos de bar. Hospedería Casa Ferreiro, tuvo la suerte de atendernos. Tiene una cocinera más generosa.

Esta ruta es más relajada, era la ruta chicle. Comienza siendo un recorrido de diez kilómetros por la Devesa de Romeor, una visita al túnel de Romeor y otra al castillo de Carbedo, pero al soplar el viento se fue haciendo un globo más grande.

Comenzamos la mañana asustando a los vecinos de un pueblecito cuando ven a cuatro coches cargados de turistas que ocupan los espacios reservados para las vacas y las gallinas. ¡Como era Halloween! Queríamos darles un susto, pero los vecinos no conocían el término y no se asustaron, pera ellos son los carnavales, no esas mariconadas… Entonces decidimos continuar hasta lo alto de la carretera.

La visita a las ruinas del castillo de Carbedo, más conocida por “el castillo de los ex”, se hizo desde los coches.

Pasaban pocos minutos de las diez cuando comenzamos a subir hacia el cruce de Campelo con Cabeza do Outo. Luego varias horas de bajada por caminos que ya habían descartado las vacas y las cabras. El agua contribuía bastante al descarte. La meta era una estampa sorpresa.

Sobrepasamos una valla tejida meticulosamente con cordelito de plástico azul y procuramos dejarla igual al salir. Fue imposible.

Después de varios intentos en distintas direcciones, algunos conseguimos el fruto del esfuerzo. ¡Allí estaba! Un majestuoso árbol de hoja caduca en el inicio de la muda otoñal. Hojas amarillas, verdes y marrones adornaban las ramas. Habíamos enterrado las botas casi hasta las rodillas y resbalado en sospechosas motas marrones que dejaban las vacas como defensa anti turistas, pero había valido la pena. Objetivo conseguido.

Ahora vamos a por el túnel acueducto romano de Romeor. Al inicio de la subida, comienza una pequeña llovizna que en pocos minutos se convierte en un ciclo-génesis. Romeor le habían llamado los romanos, pero ahora creo que le llaman túnel de Ropeor, a juzgar por como tienen los suelos todos llenos de agua. Un solo habitante vimos en la cueva, aburrido, colgado boca abajo. Una osada congostreña quiso avisarle de que estábamos allí. Esa misma inconsciente y otro del mismo calibre, atravesaron el túnel hasta el final de la montaña, para conseguir dos cosas: ver el otro lado y llevarse parte del agua del túnel  en las botas. Si todos colaborasen de igual forma, tal vez se consiguiese achicar el agua y hacer el túnel transitable para más gente.

Cuentan algunos descendientes de los romanos, que se había construido con trabajadores bien pagados y con derechos, pero la historia nos dice que utilizaron a esclavos, prisioneros de guerra y condenados a minas.

A la bajada, se decide comer, pero llueve fuertemente, así que los guías solicitan a un vecino un lugar seco. No hay problema. Comimos en un cobertizo donde había leña cortada. Estos leños nos sirvieron de asiento.

Tardamos poco en comer, la ropa mojada no era cómoda, por lo que escapamos rápidamente volviendo a subir todo lo que habíamos bajado. Después de un intento fallido, nos encauzamos por un sendero recién desbrozado que nos llevó hasta los coches después de hora y media de subida





Volvemos a Seoane para tomarnos las cañas y….





Desde aquí… cada mochuelo a su olivo.

¡Hasta la próxima! Abur…



CRÓNICA PATEADA 175

Maceira – Fofe – Serra do Suído (Covelo) 18/10/2014. 

 Pasaban de las diez y media cuando llegamos dieciocho almas a la playa fluvial de Maceira, en el Río Tea, cerquita del camping.
 A la salida, vinieron a despedirnos un grupo numeroso de cabras, su pastor y el perro. Entre los beee… se sobreentendía una frase “diiiceeeen que las cabraaas somos nosoootraaas”. Pronto dejamos el asfalto para incorporarnos al monte. Mucho monte, tojos que no falten, ¡con alegría!. En media hora nos pusimos en un pueblecito donde solo vimos un asombrado vecino, que veía como una hilera de marcianos interrumpían su tranquilidad. Chicoleiros, creo que se llamaba. El pueblo, no el vecino. Este vecino debía tener contactos con el clima, que las maldiciones que nos echó con la mirada, se tradujeron en lluvia. Debió sentarle muy mal, porque no paró de llover hasta casi la hora de comer.

 Compartimos camino con regatos hasta llegar a otro pueblecito con encanto, donde debía hacer poco viento y las puertas estaban siempre quietecitas. Portaparada, se llamaba. Había una pequeña iglesia donde repetimos foto de grupo cantando bajo los paraguas. Costó más que de costumbre, la foto, pero al final saltó. Tenía un defecto en el atril de soporte que afectaba a la cámara. Esa fue la excusa del fotógrafo para tenernos juntitos a las puertas de la iglesia. Como las cabras tiran al monte, allá que nos fuimos. Bajamos el ritmo en un puentecito compuesto de piedras estratégicamente situadas a intervalos regulares que nos permitían cruzar el Tea. Pasos de Lourido, creo recordar que los llamaban. No era fácil, el río llegaba a desbordar por encima de alguna y el equilibrio no respondía como debiera. Pasamos todos sin caernos. 
 Alternamos camino con asfalto hasta el ensanche de Covelo-Barciademera. Desde aquí descendemos un angosto camino que nos lleva a lo impredecible. El guía se ve muy animado. No hacía frio, pero a alguno le temblaban las piernas. El camino se intuye, no se ve. El tojo más bajo llega a la cintura. En el grupo había gente de distintos puntos geográficos, Pontevedra, Coruña y Andalucía, por lo que las expresiones no siempre se interpretan correctamente: “¡Cuidado que estos tojos, pican un huevo!” dice una voz gallega, intentando avisar de lo mucho que pican. “¿Y qué pasa con el otro?”, se pregunta una voz andaluza.
 Entre preguntas y comentarios, conseguimos llegar a la iglesia de un tal Piñeiro, que nos esperaría con una sopita caliente y un buen tintorro. Al menos es lo que esperaba el grupo, a juzgar por los comentarios de uno que gritaba… vamos que en la capilla comemos. No fue así, la iglesia estaba cerrada, corría brisilla y el suelo estaba mojado. Terminamos comiendo en el soportal de un local social tirados por el suelo.
 Quince minutos nos llevó comernos las provisiones. Sobre las tres menos cuarto estábamos en dirección al cementerio del mismo Piñeiro. Desde allí comienza la subida al Calvario. Ellos lo llaman Poza de Piñeiro. Pero los tojos de martirio de todo el camino dicen otra cosa. Por si no fuese bastante, añadieron: “carqueixas, uces, queirugas, piornos e pereiras bravas”. Incluso inundaron el camino en un tramo para purgar culpas. Una vez pasada la presa, crecía la diversión. Un río, no muy caudaloso pero con fuerte corriente, nos retó a pasar, y pasamos; alguno quiso llevar un recuerdo del encuentro con el río dentro de las botas.
 El siguiente punto caliente estaba unos kilómetros más arriba. Poco antes de llegar al río, con el suelo repleto de hierba y tojo, no se veía una alambrada a escasos centímetros del suelo. Un congostreño con gran apego a un paraguas, tropieza en el alambre y… ¡hostión fino contra los tojos!. Le preguntan, “¿te pasó algo?”. Como respuesta, saca de debajo de su pecho un maltrecho paraguas doblado por la mitad, como si fuese un japonés que se despide del mundo. La cara del dueño era un poema, casi hacía pucheros, como cuando a un niño se le rompe su juguete preferido. Muchos años y muchas aventuras juntos. ¡Cuidado!, que ahí hay un alambre que rompe los paraguas, avisa el afectado con la voz entrecortada.
 El siguiente reto era cruzar el río. Llegados al río, los más adelantados comenzaron a dar vueltas en torno a un punto, como hacen los perros antes de cruzar, miran a un lado, miran a otro, retroceden… para finalmente lanzarse al río. Por fin apareció una solución. Un avezado marinero se atrevió a subirse a un arbolito y de un salto pasó al otro lado. El segundo fue el guía y seguidamente con un poco de ayuda fueron saltando todas cual gacelas. Todas menos una que estaba “un poco fondona”. Había paparazzis por si requería inmortalizar el evento pero no hubo suerte. El grupo comenzaba a amotinarse. 
“O Foso do lobo” parecía un camelo para traernos arrastrados por los tojos. Los que se libraron de las avispas, no tuvieron suerte con los tojos. Apareció el monumento a los lobos caídos. Estaba en mejor estado que los lobos. También visitamos un “chozo” o casita de verano de los pastores. Algún aprovechado quiso hacer negocio alquilándolo para pasar el verano, pero sin piscina era difícil
. Ahora solo era bajar. Subimos algún falso llano que otro y nos topamos con varias pequeñas manadas de caballos. Finalmente la playa fluvial de salida. Alguna no se lo creía.
 Lo mejor de la ruta fue el furancho, seguramente de Piñeiro, donde tomamos callos gratis y tortillas variadas: una con trazas de pimiento, otras con rodajas de chorizo y otra con cebolla. Una delicia regada con tinto joven. También había blanco y re-frescos, sobre todo uno, que se zampó dos raciones de callos por el morro. Con tanta lluvia y el calor, incluso nos creció el dinero, que sin saberlo, al contar tañíamos más del que pusimos. Desde aquí… cada mochuelo a su olivo. ¡Hasta la próxima! Abur…